Análisis
El credo renace
Ezio Auditore, un hombre al que le han arrebatado todo, busca venganza en una época clave.
Por Pablo Ayllón Lolo
| Publicado el día 17/11/2009 18:13
Ezio no deja de ser un asesino, y eso quiere decir que nos tendremos que ver las caras con multitud de guardias. El combate, a pesar de haber mejorado considerablemente con respecto al primer Assassin’s, sigue las mismas pautas, así que más nos vale defendernos y contraatacar a tiempo si no queremos que Ezio y Desmond se desincronicen. Esta vez hay más tipos de enemigos (algunos bastante duros de pelar), los ataques directos son más efectivos y en general se ha resuelto bien el conjunto, aunque quizá seguimos echando de menos una inteligencia artificial algo más depurada. Los adversarios no tienen una tendencia tan acusada a rodearnos, quedarse como gatos de escayola y atacar de uno en uno como los de Altaïr en Tierra Santa, pero el defecto no se ha solucionado por completo.
Por suerte, Ezio tiene recursos suficientes como para hacer que las secuencias de lucha resulten satisfactorias, como recoger armas de los caídos, agarrar a los desprevenidos y valerse de alguna que otra triquiñuela. El armamento también ha ganado en cantidad y calidad. Ya no llevaremos la espada y la daga del principio durante toda la aventura, ni siquiera la hoja oculta. En las tiendas del juego podremos adquirir cimitarras, puñales, cestus para los guantes y estiletes de poder variable, pero también grebas, petos, espalderas y brazales que aumentarán nuestra defensa. Por si todo esto parece poco, a medida que avancemos en la aventura conseguiremos otros artilugios (algunos gracias al gran Leonardo) como bombas de humo para escapadas rápidas, una segunda hoja oculta para segar vidas de dos en dos, cuchillos para lanzar y hasta una pistola rudimentaria.
Hablemos un poco más de las maneras de enfocar el combate. Pongamos que tenemos que perseguir a una futura víctima y nos damos de bruces con un grupo de soldados colocados en el peor sitio. Evitar el conflicto es tan sencillo como acercarnos a un grupo de cortesanas y contratarlas para que los distraigan con sus encantos femeninos, aunque si somos del núcleo duro siempre tenemos la opción de hacer lo propio con unos mercenarios para que se peguen mientras nosotros vamos a lo importante. El caso es que codearse con la plebe siempre es una ventaja: si Ezio se acerca a un grupo de transeúntes que están de paseo o simplemente disfrutando de la conversación, será invisible a los ojos de los guardias menos avispados.
Ya hemos mencionado las tiendas, así que ha llegado el momento de comentar el papel del dinero en Assassin’s Creed II. Al cumplir objetivos, saquear cadáveres y abrir cofres escondidos obtenemos florines que nos permitirán hacer un poco de gasto. Por ejemplo, los herreros nos venden equipo, pero también reparan el que llevemos puesto, ya que se desgasta con el uso. Por su parte, los médicos nos curan in situ (también ofrecen medicinas que nos salvarán la parte baja de la espalda en alguna ocasión) y los sastres nos cambian el modelito.
Con tantos trapicheos y cosas para comprar, nunca está de más tener ingresos fijos. En un momento de la aventura descubriremos que Mario Auditore, el tío de Ezio, es dueño y señor de una villa en Monteriggioni por la que su sobrino se puede pasear como Pedro por su casa. No hay ni un alma en las calles, se ve que ha pasado por tiempos mejores. Si hablamos con el arquitecto e invertimos en mejoras para las tiendas y locales tan típicos como el burdel, la gente empezará a venir, la zona se revalorizará y conseguiremos un verdadero pastizal en florines. Monteriggioni hace las veces de centro de operaciones del juego, así que tendremos que hacer una visita de vez en cuando para recoger los beneficios del proyecto de ampliación, hacer el seguimiento de algunas búsquedas y aprovecharnos de los descuentos que nos hacen en los comercios. Para viajar de una ciudad a otra disponemos de corceles o, aún mejor, agencias de viajes (por llamarlas de alguna forma) que nos desplazarán sin malgastar nuestro valioso tiempo.