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Bioshock Infinite

PC



Análisis

Dios no juega a los dados

Al final de cada generación hay una o dos obras maestras que ponen los cimientos de la siguiente. Bioshock Infinite es una de estas.

Por Quetzal | Publicado el día 25/03/2013 13:00

Oh, oh, Bioshock. La simple mención de este fráncamente tonto título ya me hace dar saltitos de fan adolescente. No es para menos, el primer juego de la serie apareció en el año 2007 y era algo como no se había visto antes: empezaba con el protagonista que, tras un accidente aéreo, descubría un faro en medio del océano, una puerta hacia una ciudad sumergida construida por un tal Andrew Ryan, que es parcialmente un anargrama de Ayn Rand, la filósofa ruso-americana que sentó las bases del objetivismo, la teoría que ha terminado desembocando en las políticas neoliberales que nos han llevado al infierno del peor capitalismo. La ciudad de Rapture se convertía en un microcosmos del objetivismo desbocado; la rebelión de Atlas llevada hasta sus últimas consecuencias. Una ciudad en ruinas, donde el desarrollo irrefrenado del "egoísmo racional" de la teoría randiana había llevado a la población a manipularse genéticamente hasta la locura. Cierto es que el juego estaba lejos de ser perfecto: los enemigos soportaban disparos sin inmutarse, la estructura era excesivamente lineal y demasiado llena de pasillos angostos, además hacia el final del juego- después de un espectacular giro argumental- había un nivel añadido con un jefe final impostado y poco creíble, conclusión un tanto contradictoria con el tono del juego; y bastante decepcionante en comparación con su famosa introducción. Digámoslo así: todos nos acordamos del principio del juego, pero el final es más bien un recuerdo vago y oxidado.

De todas maneras y a pesar de sus defectos, Bioshock es uno de mis juegos preferidos de la generación. Por su ambiente, su diseño artístico y su historia repleta de alegorías filosóficas y políticas; es uno de los juegos más atrevidos que ha dado la industria triple A en los últimos años. La segunda parte, en cambio, fue francamente decepcionante, el regreso a Rapture nos permitió deleitarnos otra vez con la decoración art-decó de la fantástica ciudad sumergida, pero esta vez la trama había perdido su punch, y sin el factor sorpresa, Bioshock 2 no era más que un agradable paseo que no dejaba poso alguno.

Después de más de cinco años de espera, Ken Levine regresa como director del juego, después de su ausencia en la segunda parte. Caray, y se nota. Bioshock Infinite deja atrás Rapture, aquella distopía submarina de los años 40. Nuestro nuevo destino es Columbia: una ciudad construida en las nubes. El año es 1912 y encarnamos a Brooker DeWitt, un detective de la agencia Pinkerton enviado a Columbia para rescatar (¿o secuestrar?) a una tal Elizabeth, una hermosa joven que vive encerrada en una gigantesca estatua con forma de ángel. Al principio del juego nos dejan en un faro no muy distinto al que nos daba la bienvenida a Rapture; pero pronto nos damos cuenta de que Columbia es una ciudad muy distinta a la distopía objetivista del primer juego.


Bienvenidos a Columbia, no había lugar en la tierra para gente tan religiosa

El profeta Comstock tiene hasta su propio merchandising.

El Profeta tiene a su oposición principal en esta revolucionaria anarquista.

¿Cara o cruz? Esto acaba siendo una cuestión cuántica.
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