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Boing! Docomodake DS
No sin mis setas
A lo largo de la ya extensa historia de los videojuegos podemos encontrar varios ejemplos de títulos protagonizados por mascotas de marcas comerciales. No nos referimos a Mario y a Sonic, sino por ejemplo a Cool Spot y Fido Dido, emblemas de una conocida marca de refrescos que en los noventa se pasearon por Mega Drive. Incluso se hicieron juegos de la cadena de comida rápida más famosa del mundo, basta con mirar el catálogo de NES y tratar de digerirlo. Pero, ¿a qué viene esto? Pues a que el juego que nos toca analizar en esta ocasión, Boing! Docomodake DS, tiene en común con los demás el personaje que controlamos, ni más ni menos que la imagen corporativa de una empresa de telefonía móvil japonesa. Vamos, como si sacaran aquí Las aventuras de Curro en el Caribe por cortesía de Telefónica, pero con más estilo.
Por si alguien no conoce a los Docomodake (suponemos que la inmensa mayoría), diremos que se tratan de unos seres bastante simpáticos que parecen setas de peluche. Su hábitat natural es la aldea Docomodake, donde se prepara un festival anual al que todos contribuyen para hacerlo memorable. Por desgracia, un día desaparece la familia Docomodake al completo, por lo que papá Docomodake ha de embarcarse en un viaje por los alrededores con la finalidad de rescatarlos y llegar a tiempo para la ansiada celebración. Así arranca esta aventura tan particular para la consola de Nintendo, con un argumento que poco tiene que envidiar al “rescata a la princesa” de los juegos clásicos de plataformas y que incluye alguna que otra moraleja en pro de la familia y la amistad.
A primera vista, Boing! Docomodake DS parece tener un planteamiento poco innovador. Tenemos el típico mapa con siete localizaciones (la última, de bonificación) con ocho fases en cada una, lo que hace un total de 56 fases independientes si las cuentas no nos fallan. Es un buen número, pero avanzamos que la duración de cada una rara vez sobrepasa los tres minutos. El juego se puede pasar en dos horas y media o tres por poco hábil que sea uno. Tiene extras para desbloquear, pero no justifican en absoluto la rejugabilidad, primer inconveniente que presenta y quizá el más importante.
Hablemos del control, necesario para seguir con el desarrollo de las fases. Docomodake DS propone un empleo bastante particular de la consola, ya que manejamos a papá Docomodake con la cruceta (salto incluido) y a los minis con el lápiz táctil. ¿Qué son los minis? Pues setas más pequeñas que se desprenden del cuerpo de nuestro personaje, como si éste se dividiese. La extracción de minis conlleva, obviamente, una reducción del tamaño de papá Docomodake, estado en el que puede deslizarse por huecos más estrechos. El juego no incluye una opción como tal para zurdos, pero no supone ningún problema, ya que los botones hacen exactamente la misma función que la cruceta.
La estructura de los niveles se asemeja a un laberinto y, por lo general, no ocupa más de un par de scrolls tanto por arriba como por los lados. Hay plataformas móviles, interruptores de colores con forma de seta, suelo que se puede excavar, algún que otro enemigo y, por extensión, multitud de obstáculos. El objetivo es sencillo: abrirse paso hasta la meta con papá Docomodake al tiempo que uno hace uso de los minis. Los pequeñajos se pueden colocar en cualquier parte de la pantalla táctil siempre que el camino esté desbloqueado, de forma que pueden llegar a sitios impensables para el progenitor.
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