Análisis
Enchilada de tiros
Los hermanos McCall vuelven con un shooter de calidad incuestionable. Desenfunda, forastero.
Por Pablo Ayllón Lolo
| Publicado el día 30/06/2009 19:25
Las diferencias no se limitan al armamento. Ray es un tipo fuerte capaz de derribar puertas de una patada, mientras que Thomas es más ágil y se sirve del lazo para acceder a sitios elevados. Por esa razón las misiones adquieren un enfoque diferente al jugarlas con un hermano o con otro. Por ejemplo, si nos metemos en la piel de Thomas tendremos que ayudar a Ray a encaramarse al estilo de Army of Two. Inseparables.
Tenemos las funciones básicas de cualquier shooter actual, como un punto de vista cercano y un sistema de cobertura bien pensado. Una vez colocados detrás de una caja o una puerta, basta con mover el stick derecho para dar la cara y amartillar el percutor. No hace falta decir que hay que recargar más a menudo que en un juego de guerra moderna. Como es habitual, podemos intercambiar las armas con las del enemigo y saquear los cadáveres para encontrar balas y dinero. De vez en cuando nos topamos con tiendas en las que hacernos con munición y armas más sofisticadas por un puñado de dólares.
Una de las señas de Juarez es el medidor de concentración que hay en la parte superior derecha de la pantalla. Se llena al aniquilar enemigos y, una vez listo, nos permite ralentizar la acción y llenar de plomo a los malos malosos que estén a tiro. Una cuenta atrás nos impide conservarlo cuando está lleno, así que en cierto modo el juego obliga al jugador a sacarle partido, todo un acierto. En ocasiones entraremos automáticamente y con nuestro hermano en este modo, por ejemplo al abrir la puerta de una cantina llena de vaqueros que nos esperan sedientos de sangre. Como en casi todos los shooters de los últimos tiempos, si nos alcanzan tendremos que correr y descansar para recuperar vida.
Los momentos cumbre de la historia se resuelven con duelos muy cinematográficos y de lo más atractivo. La cámara se sitúa a la altura de la pierna de nuestro personaje para darnos una buena perspectiva del rival. La idea es que nos movamos alrededor del enemigo para tenerle en el sitio indicado cuando doblen las campanas y desenfundemos con el stick derecho. El pistolero más rápido se queda con la vida y el honor.
Una de tantas virtudes de Bound in Blood es que nos presenta un desarrollo muy variado con todas las situaciones que se pueden esperar de un spaguetti western. Enzarzarnos en tiroteos en medio de la plaza del pueblo es de lo más normal, pero también tendremos que apretar el gatillo desde una diligencia, volar un puente con cargas de dinamita, hundir barcas de la Unión a cañonazos, proteger a la chica de turno, escoltar una caravana, reventar los barriles explosivos que caen hacia el ascensor en el que estamos o aguantar una emboscada de los pieles rojas en una mina de oro. Los caballos no pueden faltar en un juego ambientado en el Oeste, y en Juarez desempeñan un papel fundamental en algunas partes de la aventura. Podemos trotar, galopar y pegar tiros desde la grupa. En algunos puntos del juego encontramos carteles de “Se busca” que nos brindan el acceso a misiones secundarias en las que tendremos que recorrer el desierto a caballo, acabar con bandas y aceptar duelos para conseguir las típicas recompensas, un acierto que ayuda a equilibrar el ya de por sí buen ritmo del título.
Como se desprende de lo expuesto hasta ahora, la campaña de Bound in Blood da al jugador lo que quiere: variedad, acción muy intensa y diversión a raudales. Además, es bastante rejugable gracias a las diferencias que hay entre Ray y Thomas. Sin embargo, debemos lamentar la ausencia de un modo cooperativo para dos jugadores. Era la ocasión perfecta.