Análisis
¡Democracia real ya!
Nos enfrentamos al enmascarado de Arkane para conocer la verdad tras Dishonored.
Por Rodrigo Aliende
| Publicado el día 08/10/2012 10:24
La combinación de todos estos es esencial tanto en el sigilo como en el combate. Pasar desapercibidos se vuelve cada vez más y más difícil conforme avanzamos. Al principio la cantidad de guardias es mínima y son presas fáciles, pero con el tiempo las medidas de seguridad se incrementan: enormes torres de vigilancia con un gran campo de visión, arcos voltaicos que dejan frito a cualquiera que se le ocurra pasar... Los enemigos también van mejorando y nos llegamos a enfrentar a asesinos que comparten nuestro poder de teletransporte y los llamados tallboys, esas máquinas de larguísimas patas.
Dishonored no es un juego de mundo abierto, sino que está estructurado por misiones (nueve en total). Cada una es prácticamente un mundo en sí, con un gran componente de exploración. En todo momento se nos indica dónde está nuestro próximo objetivo, pero siempre tenemos la opción de ir a otro lugar y perdernos. Las misiones secundarias suelen ser un pequeño desvío que nos proporcionará ayuda con nuestro objetivo principal. Por ejemplo, si realizamos un favor a un criminal, éste se encargará de nuestras víctimas sin tener que ensuciarnos las manos. Es más, es posible completar todo el juego sin necesidad de matar a nadie (con recompensa de un trofeo/logro).
La duración de Dishonored es notable, sobre todo para los tiempos que corren. Nuestra partida (dificultad normal, sigilosos y completando las misiones secundarias) nos duró alrededor de las doce horas. Es un juego muy particular, donde el estilo afecta bastante y los jugadores que prefieran la acción directa seguro que verán la duración reducida bastante. Al menos, al tener tantas decisiones diferentes que tomar, rejugarlo siempre es una opción que está ahí.
Dishonored destaca claramente por su cuidada dirección artística y ambientación. La arquitectura está basada en la Inglaterra de finales del siglo XIX y principios del XX, con elementos steampunk añadidos a posteriori. Los arcos voltaicos y toda la tecnología destacan en contraposición con los imponentes palacios y la arquitectura grandilocuente, que, a su vez, se opone a los barrios más bajos llenos de enfermos de peste que vagabundean cual zombies hambrientos. El trasfondo histórico de la ciudad de Dunwall es apenas conocido, pero vamos descubriendo nuevas cosas de su historia y su gente con la ingente cantidad de notas que hay esparcidas por todos los lados. Además, las propias conversaciones de los guardias ayudan a este propósito, aunque a veces también son útiles para nuestra misión.
Dishonored está íntegramente en español, aunque el doblaje no es todo lo bueno que podríamos esperar de una producción tan cuidada. Además, nos quedamos sin escuchar las voces en inglés, con actores como Susan Sarandon, Michael Madsen o Chloë Moretz. La banda sonora destaca por encima de todo en los temas más suaves y melódicos (prueba de ello es la excelente The Drunken Whaler), mientras que en los momentos de tensión la música es menos original.
Si nos tomamos Dishonored como una promesa de juego de mundo abierto en el que hay más posibilidades de enfrentarse a él de las que los diseñadores habían pensado, el juego de Arkane no llega a cumplir. Aún así, el título cuenta con muchos caminos que coger y un componente de exploración muy importante, motivado más aún por la cuidada dirección artística. El problema viene cuando el mundo creado es más interesante que la historia que se quiere contar. El jugador busca la motivación en un sitio que no debería estar, ya que le están contando algo demasiado simplista y estereotipado.