Análisis
Corazón de dragón
Descubre el nuevo título de Larian Studios, un RPG que combina a la perfección elementos clásicos con jugosas novedades jugables.
Por Pablo Cruz Delgado
| Publicado el día 27/10/2009 09:07
En cuanto al sistema de combate, en Ego Draconis sigue la apuesta por el sistema clásico, con la cámara ofreciéndonos una perspectiva del escenario desde la espalda de nuestro personaje. Libraremos peleas cuerpo a cuerpo y a larga distancia, según la situación y el camino que hayamos tomado a la hora de desarrollar a nuestro héroe. Y para que ningún enemigo nos pille desprevenidos, antes de entrar en una batalla tendremos que darnos una vuelta por el menú de "Héroe". A través del mismo equiparemos a nuestro personaje con toda clase de objetos, vestimentas y armas, las cuales tendremos que haber conseguido previamente, bien robándoselas a los enemigos caídos o comprándolas en cualquier tienda.
Estamos ante un sistema muy profundo, en el que el uso de los hechizos y habilidades es esencial para salir victoriosos, sobre todo si hemos elegido la senda de los magos. No obstante, aunque encarnemos a un guerrero no podremos terminar el juego sólo a espadazos, habrá que echarle un ojo a la barra de maná para que no se quede vacía, ya que es la que nos permitirá desencadenar los conjuros. Como ya hemos comentado, no hay restricciones a la hora de aprender hechizos de un tipo o de otro, por lo que cada héroe será de una manera determinada en relación a nuestros gustos.
Y para terminar con el apartado, faltan por comentar dos de las novedades más importantes que presenta Ego Draconis: la transformación en dragón y la denominada torre de batalla, una especie de base de operaciones desde la que podremos controlar muchos aspectos del juego. El hecho de que podamos transformarnos en un dragón, surcar los cielos y acabar despiadadamente con algunos enemigos era uno de los aspectos que más llamaba la atención a los que le han seguido la pista a este título. Pues bien, hemos de decir que, aunque sólo podremos utilizarlo durante una pequeña parte de la aventura, es una inclusión que aporta variedad, más si cabe, al desarrollo del juego. En el momento en el que tomamos el cuerpo de un dragón todo toma una perspectiva más arcade, con un sistema de combate mucho más simple enfocado principalmente a la espectacularidad. A pesar de que tiene menos posibilidades de las que pensábamos, pues su uso está algo limitado, surcar los cielos de Rivellon a la vez que abrasamos a decenas de enemigos es una experiencia muy satisfactoria.
Hablemos ahora de la curiosa torre de batalla. Como ya hemos dicho, es una especie de base de operaciones desde la que podremos llevar a cabo multitud de acciones. Desde ella podremos teletransportarnos a cualquier punto del mapa y trasladarnos automáticamente a ella si una batalla se nos atraganta y vemos que vamos a morir. Además, también podremos volver a modificar a nuestro personaje o guardar objetos en un cofre sin fondo. Sin embargo, estas acciones son anecdóticas si las comparamos con la creación de criaturas. Y es que a través de las extremidades de los enemigos caídos podremos confeccionar nuestras propias criaturas que más tarde, si así lo deseamos, nos echarán una mano en la batalla. Como es evidente, cuanto mejores sean las partes con las que las construyamos, mejores serán nuestras criaturas. Os podemos asegurar que es una característica muy interesante que usaremos mucho en la aventura.
En lo que concierne a la duración, Divinity II puede ofrecernos desde 20-25 a más 60 horas de juego, todo depende de la manera en la que enfoquemos la aventura. Si nos ceñimos a la trama principal, una veintena de horas será suficientes para acabar con él, pero si le cogemos el gusto a las misiones secundarias y luchamos para desarrollar a nuestro héroe como es debido podremos pasarnos semanas en Rivellon.