En Japón siempre ha habido una serie de RPG que ha arrasado con cada entrega y ha sido el número uno indiscutible del género, desde el primer título hace ya 25 años hasta nuestros días. Sin embargo, en Europa tuvimos que esperar mucho hasta tener la ocasión de echarle el guante.
El primero que nos llegó a los europeos fue el
spin-off Dragon Quest Monsters en 1999, para Game Boy Color, sin duda impulsado por el enorme fenómeno
Pokémon que empezaba a golpear con mucha fuerza por aquella época. Tendríamos que esperar hasta 2006 para recibir al fin un título de la serie principal: la octava entrega numerada, aunque en el caso de Europa llegó sin el número, con el título
Dragon Quest: El periplo del rey maldito. ¿Cómo fue la sensación de catar por primera vez un gran
Dragon Quest? Eso es lo que vamos a tratar de plasmar en este texto, ya que además no se trata precisamente de un
Dragon Quest "del montón", sino de una obra magistral que define perfectamente todo el espíritu de la serie y se construye en base a una escala inmensa, con un gran salto técnico con respecto a sus predecesores.
Clasicismo a un nuevo nivelDragon Quest VIII fue el primero de la serie tras la fusión entre Square y Enix (recordemos que Dragon Quest es obra originaria de Enix). La compañía confió el desarrollo de esta entrega a Level-5, que había alcanzado el éxito con
Dark Cloud y
Dark Chronicle y estaba habituada a trabajar para PlayStation 2. El tiempo ha demostrado que esto fue todo un acierto por parte de Square Enix, como atestiguan los resultados de este juego y el increíble talento que ha demostrado Level-5 a lo largo de los años.
El argumento de
Dragon Quest VIII / El periplo del rey maldito sigue un esquema de lo más clásico en la serie: reyes, princesas, adivinos... Aunque también acentúa más el tema de la religión de manera muy acertada. Además, es la primera vez que un
Dragon Quest cuenta con voces (en la versión occidental), aunque por supuesto el héroe protagonista sigue estando calladito, manteniendo así la coherencia y tradición de la serie. Bueno, para ser más precisos no es que esté "calladito", sino que al jugador no se le transmiten sus palabras, algo que logra que nos identifiquemos más con él. Este héroe debe viajar por todo el mundo con la misión de romper la maldición que un malvado mago invocó sobre su reino, y entre sus acompañantes de viaje se encuentran dos de los que han sufrido los efectos de dicha maldición: el rey, convertido en monstruo, y la princesa, transformada en yegua.
Una de las primeras cosas que llaman la atención durante las primeras dos o tres horas de juego es su abrupta dificultad: será lo más normal del mundo que acabéis fuera de combate un par de veces en la primera cueva, por lo que la única opción será subir niveles durante un buen rato (es decir, dedicarse a buscar combates aleatorios con el único fin de subir niveles para hacerse más fuerte). Muchos consideran este inicio como un aspecto negativo del juego y una dificultad mal calibrada, pero más bien habría que verlo de otro modo: como un aviso de que este juego no es para novatos. Este primer contacto deja bien claro que nos espera una auténtica odisea, sólo apta para personas que dominen el género y para jugones que no se rendirán hasta llegar al final de este larguísimo viaje. Pero no os preocupéis, ya que tras este aprieto inicial la curva de dificultad está muy bien planteada, y si jugamos con sensatez sólo habrá otro momento en el que quizás tengamos que volver a hacer combates para subir niveles a propósito: ante el combate contra Dhoulmagus, uno de los puntos álgidos del juego. Pero eso depende de cada jugador, claro, y desde luego hay una buena cantidad de mazmorras complicadas y enemigos finales altamente desafiantes.