
|
Empire: Total War
La culminación de una franquicia
Desde el ambicioso Shogun, la franquicia Total War es el referente indiscutible del wargame clásico, no sólo por las cuidadas ambientaciones y la escala épica de que hacen gala todos sus títulos, sino sobre todo por un sistema de juego que supo desmarcarse desde el principio del estándar predominante (empeñado en la clonación continua de Dune y Warcraft).
Así, la idea de Total War ha sido siempre la de segregar la producción y gestión de recursos del componente bélico, acercándose más a los wargames tradicionales (de tablero), que a los RTS que basan el juego en la continua producción de unidades por medio de la explotación de recursos aledaños en el mismo escenario de la batalla. Esta fórmula se ha ido refinando de entrega en entrega de la franquicia, siendo Rome un hito especialmente significativo dentro de la misma, dada la cantidad de novedades que incluyó y lo bien recibidas que fueron éstas. Es por ello que, a la hora de hablar del avance que supone Empire dentro de los Total War, el referente no ha de ser Medieval 2 (el título inmediatamente anterior), sino Rome.
Y en este sentido, Empire no es tanto una revolución dentro de la saga como el refinamiento de una fórmula que ha ido consolidándose a lo largo de miles de partidas por todo el mundo. Refinamiento que trae como escenario el convulso siglo XVIII, un siglo de grandes imperios coloniales en el que Europa decidía señorearse del mundo y una colonia británica se rebelaba y sentaba las bases del sistema democrático, abriendo una veta a la revolución social y política que culminaría en Francia en 1789. Sin duda, un siglo ambicioso para un juego igualmente ambicioso, capaz de llevar la franquicia a su máxima expresión.
Para dar la idea de la envergadura de este proyecto, estamos ante el Total War con mayor territorio a ocupar (casi la totalidad del globo), lo que ha llevado a una evolución del componente táctico, de gestión y diplomático, ya que la vastedad del escenario hace que el turno de gestión sea más relevante, si cabe, de lo que es en otras ediciones de la franquicia (aunque, por supuesto, se cuenta con la posibilidad de que la IA del juego se ocupe de este turno por nosotros). En cualquier caso, todo esto ha quedado relegado a un segundo plano ante dos de las novedades más esperada y aclamadas por los fans de la franquicia: el combate naval y el protagonismo absoluto de las armas de fuego, elementos que llevan el componente táctico y estratégico de Total War a otro nivel.
Y es que, si anteriormente el combate naval se resolvía de manera automática, en The Creative Assembly han sido conscientes de que abordar el siglo XVIII implica necesariamente afrontar el protagonismo de las grandes flotas europeas de cara a la colonización del mundo. Pues bien, se puede decir sin lugar a dudas que los combates marítimos están a la altura de los terrestres, lo que es decir mucho cuando se habla de un Total War: comandar flotas enteras que se enzarzan en intensos cañoneos para desarbolar al enemigo y luego abordarlo es algo que se esperaba desde hacía mucho en esta franquicia (una debilidad que otros supieron aprovechar con menor éxito, como es el caso de Pyro Studios y su Imperial Glory) una espera que, dada la espectacularidad del resultado, ha merecido la pena.
Gráficos
Sin duda, los mejores hasta la fecha en la saga, lo cual es lógico dada la evolución natural de la tecnología en estos años, pero lo cierto es que, teniendo en cuenta las pretensiones épicas de la franquicia (batallas con miles de soldados en ellas), ver avanzar nuestras tropas en perfecta formación por la nieve (desde fusileros a caballería y artillería) cuando de repente nos ataca por el flanco una banda de indios de la tribu de los hurones (sí, los de la película El último mohicano) con la consecuente batalla que se desencadena y en la que todas las unidades responden a las órdenes de formación que les damos, cada una con animaciones específicas que van desde turnarse al disparar hasta pelear cuerpo a cuerpo, el espectáculo visual está garantizado (especialmente si movemos la cámara a pie de campo).
|

|