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Grand Theft Auto IV
Granujas de medio pelo
La saga Grand Theft Auto ha pasado desde la anterior generación a ser prácticamente un mito de los videojuegos. Con su violencia desenfrenada y su humor gamberro, los juegos parecen satisfacer nuestras más primarias pulsiones destructivas. Eso sin duda explicaría gran parte de su éxito, veamos: llevar a los “malos” de la película, ir por ahí haciendo estallar coches y disparando a la policía, siendo esto último una experiencia catárquica contra las virtuales fuerzas del orden que ya de por sí parece justificar la compra de cualquier juego de la saga. La liberación de las frustraciones sociales se materializa en un universo virtual donde en lugar de pagar las multas de tráfico y soportar los abusos de la máquina represora del Estado, la situación se resuelve apuntando el bazooka al coche de los maderos y haciéndolo saltar por los aires, para después darse a la fuga con un deportivo robado destrozando los jardines y vehículos en un barrio de clase alta, para atropellar salvajemente a ese tipo orondo y trajeado que se parece tanto a tu jefe. ¿A alguien le extraña que el juego tenga un éxito arrollador? Grand Theft Auto debería estar cubierto por la seguridad social en calidad de medicamento terapéutico.
Aunque GTA había sido una saga secundaria, el lanzamiento de su tercera entrega en los años mozos de PS2 fue recibido con un inesperado éxito. Desde entonces, Rockstar se ha convertido en una de las empresas más polémicas y populares del mundillo. Las dos siguientes entregas de la saga, Vice City y San Andreas, contaron también con un notable éxito, siendo este último juego el considerado como uno de los mejores de la anterior generación.
Ahora la muy esperada cuarta entrega viene a contarnos la tópica pero bien presentada historia de Nico Bellic, un inmigrante de Europa del Este salido de la guerra y de las cicatrices de la caída del imperio soviético, lanzado de bruces en una sociedad capitalista en la que la programación televisiva es más vulgar que una película porno protagonizada por revolucionarios barbudos bolcheviques. Se trata de una historia de vendetta con heridas de guerra, un trasfondo como excusa para que Niko empiece a trabajar para un montón de energúmenos con el cerebro lleno de farlopa que le ordenan que mate a tal o cual. La historia de Niko avanza a paso de tortuga y es bastante poco interesante, mientras que las pequeñas subhistorias de los contratantes tienden a moverse por terrenos comunes: que si familias mafiosas enfrentadas, que si policías corruptos, que si traiciones entre amigos, y bandas callejeras, y chantajes... nada que no hayamos visto antes. A esto se suma que en general la gente que contrata a Niko es bastante poco memorable, y aunque hay bastante variedad -desde un rapero justiciero y moralista hasta una locaza homosexual que reproduce absolutamente cualquier posible arquetipo ofensivo gay-, la mayoría de los personaje se ajusta a los consabidos clichés de las películas de bandas, mafiosos y otros criminales. A pesar de todo el pozo de estereotipos del juego, vale decir que los diálogos están escritos muy bien, y aunque los personajes no tengan demasiada profundidad, el juego constante con las ideas clásicas de las películas de Hollywood está explotado con gracia.
Sin embargo, donde el guión del juego brilla más es en su ironía y su sentido del humor gamberro. Lamentablemente este tipo de bromas se encuentran más en las emisoras de radio o en la gente que anda por la calle que en las escenas de la historia. Como se puede adivinar, este tipo de diálogos auxiliares no están subtitulados, por lo que si no entiendes inglés vas a perderte un montón de momentos fabulosos y divertidísimos, particularmente los anuncios de la radio o las emisoras de entrevistas y debates, en los que los guionistas se lucen en una exhibición de inteligencia e ironía sin igual. Incluso podemos escuchar en las noticias los relatos sensacionalizados y mal digeridos de las propias misiones del juego, un detalle excelente.
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