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Todos los niveles se pasan de la misma manera, es decir, cumpliendo una serie de simples objetivos que en general se resumen en "destroza a todo aquel que se interponga entre punto A y punto B", a veces introduciendo algo de mayor interés jugable. Por ejemplo, en un nivel en un bosque debemos continuamente esquivar las embestidas de osos, a los que debemos engañar para que se lancen contra troncos caídos que bloquean el camino. Después están los puzles, en general de escaso desafío intelectual, consistentes básicamente en cosas del tipo "toma la rueda dentada y déjala en el espacio especialmente designado para la rueda" o "encuentra la palanca e insértala en el lugar especialmente designado para la palanca". Los objetos además están señalados en el mapa, y al tomarlos nos indican dónde situarlos -como si no fuese obvio ya- de forma que estos puzles son más bien interrupciones innecesarias de unas secuencias de acción algo más interesantes, aunque no demasiado. Los ángulos de cámara fijos además no colaboran ni a los puzles ni a los combates, siendo en ocasiones enormemente molestos para orientarse o saber a dónde ir. En este caso, la cámara resulta especialmente molesta y rompe de forma escandalosa cualquier posibilidad de inmersión.
A nivel jugable hay sin embargo algunos buenos momentos. Por ejemplo, en las batallas multitudinarias, subirse a hombros de un gigante y empezar a controlarlo a él, enviando por los aires a los soldados de a pie. También están las secuencias en que montamos a lomos de hipogrifos y buscamos entre las torres de un castillo. Aunque el diseño de los niveles sigue siendo básicamente lineal, en secuencias como esta podemos decidir en qué orden cumplimos los objetivos. Por lo demás, el juego empieza a flaquear en interés demasiado pronto, porque la mecánica es tan simple que las ganas de jugar se van desinflando y sólo se remontan ocasionalmente, cuando se introduce algún breve aunque interesante cambio al sistema original.
El apartado gráfico del juego tampoco es nada para quitar el hipo, aunque es bastante resultón a veces. Nada está particularmente mal hecho, pero nada es tampoco destacable. Los ángulos de cámara fijos no nos permiten explorar demasiado, y aunque las batallas multitudinarias son resultonas por la cantidad de personajes en pantalla -a costa de alguna que otra ralentización bastante escandalosa- en el resto del juego los gráficos son una sencilla mediocridad funcional que no aspira a impresionar a nadie. Sin embargo, ciertas escenas en las que volamos con grifos sobre las cabezas de nuestros enemigos, por poner un ejemplo, no dejan de dar una buena impresión pronto quebrada por la cantidad de simplones muñecos de Playmobil que empiezan a atacar. Además, por alguna extraña razón, los constrastes de sombras son tan potentes que los gráficos se oscurecen en exceso, demasiado para un juego pretendidamente colorido.
Por lo demás, el sonido cumple su función. La música orquestada ofrece ese tono épico que acompaña bien con las secuencias y el doblaje está conseguido en su calidad de adaptación de la película, aunque los actores claramente se lo han tomado menos en serio que en el celuloide. Sin embargo, las melodías están bien puestas y en general no hay ninguna queja en esta sección, si bien tampoco hay nada en lo que rendir alabanza: de nuevo un apartado puramente funcional.
En conclusión, El príncipe Caspian es precisamente lo que pretende ser: otro producto de consumo aprovechando el filón de la película. Ni más ni menos. Puede divertir, pero no nos va a ofrecer nada que no hayamos visto antes, sólo la pura funcionalidad justa en cada uno de sus apartados, más o menos bien hecho pero poco estimulante en general. Hay que contar además que el juego es bastante corto, de forma que si eres un fan de la película y realmente quieres jugar con los personajes, tal vez es mejor idea optar por el alquiler, puesto que su precio no lo justifica ni su calidad ni su duración.
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