Análisis
No es país para Snake
El último capítulo de una saga emblemática llega a PS3 tras una larga espera.
Por Pablo Ayllón Lolo
| Publicado el día 20/06/2008 12:33
Veinte años de sigilo
Si hay algo que se puede alabar de la saga Metal Gear es que ha sabido mantener su esencia desde que nació a finales de los años ochenta. El primer juego, aparecido en MSX y más tarde en NES, ya contaba con una versión primitiva del sistema de infiltración que representa la filosofía de todas las entregas y nos presentaba a personajes que hoy conocemos tan bien como Solid Snake, Big Boss y Gray Fox. No sólo eso; conceptos tan familiares como FOXHOUND, Outer Heaven y, por supuesto, Metal Gear también salieron de este juego. Las secuelas no tardaron en aparecer. Hablamos en plural porque aparecieron dos por separado, una con Kojima y otra sin él. El resultado fue obvio y la que se recuerda hoy en día es Metal Gear 2: Solid Snake, en la que comenzaron su andadura personajes clave como el coronel Roy Campbell y Master Miller.
Diez años después del primer juego, Hideo Kojima (al que podemos poner si problemas a la altura de figuras como Shigeru Miyamoto y Hironubu Sakaguchi) decidió recuperar Metal Gear para regocijo de todos los jugadores. Con la coletilla Solid, se convirtió en uno de los títulos más recordados y mejor valorados del extenso catálogo de la primera consola de Sony. Las razones de semejante éxito fueron un guión de lujo interpretado por personajes de lo más carismático y una jugabilidad novedosa, entre muchas otras virtudes. En esta ocasión, Solid Snake tuvo que infiltrarse en las instalaciones de los rebeldes de FOXHOUND en la isla de Shadow Moses con el objetivo de evitar que usaran el tanque bípedo Metal Gear con fines terroristas. Hoy por hoy es la entrega más recordada. No es para menos, ya que volvió a sentar las bases de un estilo de juego que no apostaba por avanzar y disparar, sino que exigía cautela y cierto conocimiento del entorno.
Metal Gear Solid 2: Sons of Liberty trajo consigo expectación y polémica. En su momento llevó a PlayStation 2 al límite técnico y mejoró la jugabilidad del capítulo anterior, que se dice pronto. No obstante, Kojima tomó un par de decisiones arriesgadas que no fueron del agrado de todos los jugadores. La más importante fue que el legendario Solid Snake sólo se controlaba en la primera parte del juego, por lo que cedió casi todo el protagonismo a un novato llamado Raiden al que muchos no tienen precisamente en alta estima. A pesar de todo, el argumento volvió a deslumbrar (aunque es posible que en algunos momentos fuera un poco enrevesado) y nos dejó un mensaje profundo acerca del legado que se transmite a las generaciones futuras con referencias continuas a los acontecimientos de Shadow Moses.
El rumbo que tomaría la siguiente entrega de la saga fue toda una sorpresa. En vez de continuar la historia de Sons of Liberty, Metal Gear Solid 3: Snake Eater nos situó en el marco de la Guerra Fría para desvelarnos los antecedentes de la unidad FOXHOUND y profundizar en la historia de su líder, Big Boss, también conocido como “el mejor soldado del siglo XX”. La despedida de PlayStation 2 no podría haber sido mejor, ya que esta entrega presentaba novedades en el plano jugable como el camuflaje, la ausencia de radar y el factor supervivencia. El argumento volvió a dejarnos personajes inolvidables como The Boss y un buen número de secuencias para recordar, entre ellas un final que puede considerarse de lo mejor que se ha visto en videojuego alguno.
En un mundo en el que el fenómeno conocido como hype tiene la mala costumbre de echar por tierra muchos de los lanzamientos más esperados, Metal Gear Solid 4: Guns of the Patriots aparece en PlayStation 3 para poner fin a la historia de Solid Snake. ¿Cumple las expectativas? La respuesta, a continuación.