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Port Royale 2
Imperio y piratas
Surcar los mares en un velero y vivir de lo ajeno no sólo es prerrogativa de reyes. Si sabes nadar y se te dan bien las cuentas, también tienes una oportunidad como halcón de los mares. Nada de hoteles de oferta, al Caribe se viene a saquear.
Al igual que el primer Port Royale, estamos ante un juego de gestión. Se trata, pues, de hacerse rico, de amasar fortunas, de nadar en la abundancia. Lo de siempre: dinero y poder. Barcos, mercancías, cañones y todo lo demás vienen después, pero sin el dinero no eres nadie. Lo que sí cambia es la forma de conseguirlo. Así que retrocedamos unos pocos siglos atrás (hacia 1500 y alrededores) y trasladémonos al Caribe, tierra prolífica en leyendas y muy dada a las oportunidades para nuevos emprendedores. Eso sí, para este viaje espaciotemporal no nos pondremos la vestimenta de una aventurero, sino la de un contable.
Y es que, por mucha vistosidad y entorno de capa y espada, por mucho viento en popa a toda vela y cien cañones por banda que quiera ofrecer, Port Royale 2 no deja de ser un juego de gestión a la vieja usanza, con todo lo bueno y lo malo que eso denota.
En este sentido, la fórmula no se ha renovado gráficamente. Lejos de dejarse tentar por los cantos de sirena de las 3D, sigue fiel a su bidimensionalidad. Esto permite que los requisitos técnicos se mantengan razonablemente bajos por los tiempos que corren, pero también se cobra su precio en cuanto a calidad gráfica. Las imágenes no pasan de la mera funcionalidad y en determinados lugares un zum a destiempo puede dejarte un ojo a la virulé de un pixelazo. Pero, al fin y al cabo, lo dicho: es un juego de gestión y tenemos toda la funcionalidad que necesitamos.
Don de la funcionalidad es ya más cuestionable es en los nuevos extras que Port Royale 2 ofrece respecto a su antecesor. Por ejemplo, incluir duelos a espada puede tener cierta coherencia argumental, pero no está justificado ni desde el punto de vista del sistema de juego ni desde el lucimiento gráfico. Por un lado, porque no son más que simples ejercicios de sincronización y reflejos aptos para cualquier niño en edad preescolar. Y segundo, porque gráficamente apenas pasan de un simple aprobado.
Lo mismo sucede con las batallas terrestres, que aunque son coherentes con el modo de tiempo real de los combates navales, tienen ciertos problemas de manejo que las convierten en un desesperado intento por sobrevivir más que por disfrutar. Y otro tanto puede decirse de las propias batallas navales que, pese a ser resultonas y aportar un cierto atractivo táctico, a veces se convierten en un tedioso ejercicio de maniobra y desgaste, sobre todo cuando toca enfrentarse con un único barco a una numerosa escuadra enemiga.
Ten claro que la única opción que te queda es luchar, porque dejar el combate en manos de la inteligencia artificial supone unas pérdida catastróficas que ningún libro de cuentas soportaría. Otro cambio más que cuestionable es la eliminación del modo multijugador. Es cierto que este tipo de títulos no es muy apropiado para partidas a varias manos, pero esforzarse un poco esta dirección (aunque sólo fuera potenciando el aspecto bélico) no habría estado de más.
Y es que, más allá de estos remedios y aditivos, Port Royale 2 es un émulo a escala total de Port Royale. O, más bien, una actualización. Eso sí, todo muy grande y muy detallado. Hay algunas mercancías nuevas, como las especias o el café, pero también hay otras que han desaparecido, como las patatas o la sal. Los combates terrestres ahora se realizan en tiempo real, pero las batallas navales siguen un patrón calcado al original. La interfaz se ha modificado... para que todo siga igual.
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