Análisis
Todo principio tiene un final
Tras siete años de idas y venidas con más desgracias que otra cosa, el Príncipe se dispone a afrontar su destino y rucuperar Babilonia. El resultado es su mejor aventura en consola de 128 bits.
Por Rebel
| Publicado el día 16/12/2005 14:38
Hastiado hasta la médula de encontrarse en un pozo sin fondo, opta por la vía definitiva que supone el intentar dar carpetazo de una vez por todas al terror que le aflige o... morir en el intento y al menos poner fin a una existencia desagradecida y en la que no pocos hubieran optado por el suicidio sin mirar atrás dos veces. Mas no así este guerrero, frío y calculador como ninguno. Aconsejado por un anciano hombre persa (el mentor del Príncipe) y confiado en sus habilidades y posibilidades, el hombre sin nombre (sí, aunque parezca extraño todavía se desconoce cuál es el nombre real de este gladiador) descubre que sus únicas opciones de relativo éxito recaen en viajar a un legendario e inhóspito paraje conocido como la Isla del Tiempo, donde el Majarajá de la India había encontrado el nefasto reloj de arena, así como portales dimensionales para moverse a voluntad a lo largo de la línea del tiempo, y poder de esta manera entrar en el pasado más lejano.
Su misión consistiría en asesinar a la Emperatriz del Tiempo, impidiendo que ésta pudiera dar origen a las Arenas. El dudoso pasado del Príncipe quedaría limpio y resplandeciente, y el monstruoso Dahaka nunca más tendría argumentos para perseguirlo. Una idea fructífera, pero no carente de riesgos a cada rincón. Y bien, abriéndose camino a diestro y siniestro entre toneladas de clones al servicio de la Emperatriz y dando esquinazo en repetidas ocasiones al Dahaka, el Príncipe descubre una serie de matices importantes, como que el teóricamente inmortal bicho es vulnerable a algo tan elemental como el agua, y que tal vez, si las condiciones eran favorables, pudiera salvar por igual de su destino a la Emperatriz, que ya había visto con antelación que su último aliento llegaría en manos del Príncipe. Previo uso de una máscara espectral que le confiere una segunda oportunidad de lidiar con los hechos, nuestro personaje recupera parte de sus fueros internos y deniega la intención de enfrentarse a vida o muerte con Kaileena (la Emperatriz), haciéndolo en cambio contra el mismísimo Dahaka... con una espada basada en agua, claro. Solamente un hombre entre cien millones podría haber sido capaz, pero qué casualidad, ese hombre es quien imaginas: tras un duelo brutal y exhausto, el Príncipe clava su sable en un último momento de energías sobre el guardián, mandándolo al sepulcro en el acto y rompiendo con todos los planes sopesados, incluidos los suyos.
Lo demás es muy vulgar, es todo aquello de que comieron perdices, se casaron y tal. Ah... ah no, espera, aquí no termina la historia. Hay más. Aquí lo que termina es el repaso a los episodios anteriores de la trilogía, justo antes de que el jugador se meta de lleno en el título que nos ocupa en este análisis.
Poniendo viento en popa con rumbo a su añorado reino y en la grata compañía de la desmpampanante Kaileena, el Príncipe halla a su llegada una verdad perturbadora: Babilonia ha sido sádicamente atacada por fuerzas invasoras y se encuentra bajo el control del taimado visir al que años atrás había sentenciado, pero que pese a ello sigue vivo y coleando. ¿Cómo? Muy sencillo; puesto que la nueva línea temporal escrita por él mismo no recoge creación alguna de las Arenas, todos los eventos acaecidos en el primer juego no poseen ninguna trascendencia (directamente nunca se produjeron), lo que significa que su archienemigo continúa en la búsqueda imposible del poder y la vida eternas, ahora en Babilonia. Por si el tinglado fuera escaso, las penurias que ha aguantado el Príncipe y la transformación personal que éstos y otros factores le han causado han hecho crecer en su interior a un alter ego despiadado y mortífero, una encarnación palpable y con voz de sus designios más tenebrosos y malvados, de su personalidad más arrogante y vanidosa. Llegados a este punto, este yo adherido a él lo corroe y lo tienta, tratando de llevarlo hacia lo más profundo del lado oscuro (ojo, aunque lo parezca, no estamos hablando de Star Wars), con la intención final de dominarlo al completo y apoderarse de su alma en totalidad. No sólo deberá librar una cruenta guerra contra sus enemigos físicos, sino que en última instancia el Príncipe tendrá que afrontar el más crudo de los inevitables: salvar a su persona de sí misma, de esa carga de conciencia que arrastra por actitudes crueles del pasado y que lo atormentan con una intensidad creciente a cada segundo. ¿Tendrá la fuerza y determinación para sobreponerse a semejante desafío?