Análisis
Todo principio tiene un final
Tras siete años de idas y venidas con más desgracias que otra cosa, el Príncipe se dispone a afrontar su destino y rucuperar Babilonia. El resultado es su mejor aventura en consola de 128 bits.
Por Rebel
| Publicado el día 16/12/2005 14:38
No te dejes engañar por las apariencias que en un primer momento pudieron darse; Las Dos Coronas es un juego con una clara influencia de parte de Las Arenas del Tiempo, más que las que pueda incorporar a raíz de El Alma del Guerrero, lo que al modesto entender de este autor es altamente positivo. De hecho, cualquier aficionado que haya jugado y completado el primero se topará aquí con cantidad de guiños, símiles y recursos extraídos de aquella aventura. Sólo el sistema de combate y alguna que otra sección concreta en el desarrollo rinden honor a la polémica segunda entrega, pero ni mucho menos en la misma medida.
Para dar vida a este final en la serie tendremos un majestuoso y enorme escenario global encuadrado en la ciudad de Babilonia y sus alrededores. Recorreremos diversidad de localizaciones recreadas con una contundencia y estilo aplastantes, hasta el punto de que incluso los recónditos lugares más apagados nos cautivarán por su inmersión. Callejones sin aparente salida, barrios pobres o zonas de gente adinerada, monumentos reales, imponentes torres y edificaciones, jardines colgantes o incluso las propias cloacas son sólo algunos de los dispares sitios dentro del conglomerado babilónico que nos tocará explorar y superar. La típica jugabilidad exótica de la saga una vez más demuestra sus lindezas con mayor énfasis que nunca, mostrando partes de habilidad y plataformeo a puntapala sobre entornos mágicos y de notorio trabajo artístico. Nadie con ganas de experimentar una oferta acrobática basada en la precisión y el timing de movimientos se sentirá defraudado, eso podemos garantizarlo.
Por supuesto, no todo será brincar de viga en viga como si de un canguro se tratara, sino que también nos toparemos en cantidad de áreas con miembros del ejército invasor que siembra el caos en Babilonia. Y una de las cosas que más nos llama la atención es comprobar cómo estos adversarios ponen sobre la mesa una fiereza y capacidades sensiblemente superiores a las de sus homónimos en El Alma del Guerrero, lo que nos dificultará la tarea en consonancia. Y es que pese a las innatas dotes del Príncipe, en esta nueva añadidura los enemigos son bastos y duraderos, capaces por si fuera poco de rompernos la defensa a base de palazos salvajes o de bloquear enteramente combos sobre el papel devastadores de nuestro chico (por no hablar de que algunos nos atacan con flechas a distancia). Entrar en lucha directa contra un grupo pongamos que de tres o cuatro rivales no es bajo ningún concepto una idea brillante, y no serán pocas las veces en las que salgamos escaldados pese a tratar de aprovechar vicisitudes del escenario o poner toda la agilidad del Príncipe en juego.
Es precisamente por ello por lo que Ubisoft ha ideado el sistema de muertes rápidas, amoldando un concepto perteneciente a otra de sus franquicias estrella (en este caso Splinter Cell) dentro del universo de Prince of Persia. Una muerte rápida significa que podremos eliminar en un visto y no visto a un enemigo si conseguimos cazarlo por la espalda o de algún modo que le pille desprevenido, y por supuesto sin que seamos detectados por él. En otras palabras, nos aproximamos sigilosamente a un soldado que anda vigilando cierta abertura y los bordes de la pantalla adoptarán un toque arenoso mientras escuchamos intermitentemente el latir de un corazón. Presionando el comando oportuno, activaremos la secuencia, en donde el Príncipe ejecutará una animación automática y espectacular de impactos sobre la víctima. En ciertos segundos de esta animación veremos cómo la daga del protagonista resplandece y la acción se detiene por unos instantes: es entonces cuando deberemos ser raudos y certeros en presionar el botón de golpeo para que el Príncipe complete las estocadas con éxito, o si no nuestra intentona fracasará y nos veremos obligados a combatir en formato estándar cuerpo a cuerpo. En función del poder del adversario seleccionado para la muerte rápida, se nos requerirá a realizar cierto número de estocadas hasta poder matarlo, por lo que siempre es necesario mantener la concentración y la ligereza mental para responder a las indicaciones rápidamente y no a destiempo. Por otra parte, si un bellaco nos ve o nos oye, jamás podremos conseguir que vuelva a perder la atención sobre nosotros, esfumándose por tanto la oportunidad de anularlo limpiamente.