Análisis
La dama de arena
El príncipe vuelve tras años de silencio con una gran aventura bajo el brazo.
Por Pablo Ayllón Lolo
| Publicado el día 02/12/2008 18:03
Sin ser el sistema de combate definitivo, queremos romper una lanza a su favor. Con combinaciones de los cuatro botones se puede conseguir una buena cantidad de combos diferentes que hay que elegir en función de la situación en la que nos encontremos. En ocasiones los enemigos son vulnerables a un solo tipo de ataque, de modo que uno tiene que prestar atención. El mejor ataque sin duda es el de Elika, pero si lo hacemos en un mal momento puede acabar en el suelo y tendremos que desplazarnos hacia ella para que vuelva en sí. Las peleas del juego no son frenéticas, pero creemos que se ha hecho bien en arriesgar con ellas, sobre todo en comparación con las de aporrear los botones de otros juegos. Todas las de este Prince tienen truco: es cuestión de conocer los patrones ofensivos del adversario y actuar en consecuencia. Las más duras son la que nos enfrentan a los siervos de Ahriman: la concubina, el alquimista, el guerrero y el cazador.
El control del príncipe está depurado al máximo. Llegar a un punto lejano de acrobacia en acrobacia es algo que no requiere combinaciones complejas de botones, sino todo lo contrario. Si uno falla en un salto y se precipita al vacío o cae a manos de los rivales no se tiene que preocupar: la omnipresente Elika es un auténtico ángel de la guarda que impide que su compañero encaje más golpes de la cuenta. Con su poder nos transporta al principio de una secuencia plataformera en el caso de habernos despeñado sin tiempos de carga de por medio. Siempre nos salva en el campo de batalla cuando las cosas se ponen feas, aunque el precio de su asistencia es una subida leve de la barra de vida del oponente. Por si no ha quedado claro, es imposible morir en Prince of Persia. La pantalla de Game Over no tiene cabida aquí.
Por un lado creemos que el hecho de que Elika salga siempre en nuestra ayuda es positivo, ya que reduce la frustración inherente a este tipo de juegos cuando uno se equivoca de botón y se descuelga cuando en realidad quiere pegar un buen salto. Sin embargo, lo que no nos gusta es que el juego esté totalmente guiado. Nos explicamos: todas las paredes que se pueden escalar o recorrer destacan de forma más que evidente, la pantalla cambia al blanco y negro cuando Elika tiene que ayudarnos a saltar y la silueta del botón de defensa aparece cuando tenemos que usarla en un combate. Ninguna de estas características se puede desactivar y, si valoramos el conjunto, nos encontramos ante un título excesivamente fácil y mecánico para el jugador medio. El camino por el que hay que ir no se busca, simplemente está ahí delante. Por si fuera poco, Elika puede conjurar un halo de luz que nos guía en todo momento. Perderse es casi tan poco probable como morir en Prince of Persia.
Con esto no queremos decir que el título sea aburrido, nada más lejos. De hecho, si uno hace la vista gorda o sabe perdonar el defecto que acabamos de comentar, no tiene más que encender la consola, sentarse y disfrutar con el control del príncipe, la compañía de Elika, la grandiosidad de los escenarios y la trabajadísima arquitectura que muestran. Lo que queremos decir es que tal vez no sea el juego más apropiado para los que busquen un desafío y que se podría haber encontrado un término medio de dificultad. No queremos cambiar de tema sin mencionar la presencia de los puzles en algunos niveles, retorcidos en apariencia pero de una lógica aplastante. Hay tres o cuatro en todo el juego. Con lo buenos que son, ¿no se podría haber potenciado un poco más este aspecto?