Análisis
Travesía del desierto
Konami sigue sin habituarse a la actual generación en una nueva entrega de PES que poco avanza respecto a sus predecesores.
Por Vaulan Ignis
| Publicado el día 22/10/2008 19:10
Si le preguntas a un niño de no más de seis o siete años sobre cuál sería su demarcación soñada de ser futbolista, te responderá casi con total seguridad, delantero centro y, en menor medida, extremo, mediapunta o incluso portero. Es difícil que alguien de tan corta edad tenga el sueño de ser el nuevo Puyol o Beckenbauer. Con el tiempo, y teniendo en cuenta las determinadas condiciones físicas de cada uno, se les va reubicando en el campo. Pues bien, más o menos, lo mismo les debe pasar a los programadores de Pro Evolution Soccer 2009. Les debe volver loco el fútbol de ataque y el espectáculo, por ello se nota cierto descuido en todos los aspectos defensivos del juego. Aunque este hecho ha sido una constante en la saga, lo cierto es que en esta entrega se ha acentuado sobremanera, ya no sólo en el modo “Ser una leyenda” que hemos comentado anteriormente, sino en otros puntos que comentaremos en seguida.
Lo primero que notará el jugador cuando dispute el primer partido en Pro Evolution Soccer 2009 será que sigue siendo igual de rápido que las anteriores entregas de nueva generación. Lo normal es ver a jugadores como Cristiano Ronaldo, Messi o Ibrahimovic correr por el campo como desesperados, de manera completamente irreal. Esto hace que tengamos un fútbol muy directo. Podría decirse que, al fin y al cabo, esa es la filosofía de equipos como el Barça, pero a estos clubes se les presupone una cierta capacidad de controlar el balón. Aquí se va para arriba como poseídos.
Otro claro ejemplo que demuestra cómo se ha primado el ataque por encima de la defensa está en el control e IA de los jugadores. Suele ser bastante habitual que, cuando el rival tiene el balón, se nos asigne un central de manera incorrecta y cree huecos y desajustes defensivos. El caso de los laterales es francamente escandaloso. Muchas veces nos los encontraremos en la zona interior del campo, pero no en la de su banda, sino en la otra. Aunque no tan común, esto también pasa con los extremos. Además, para desanimar aún más a quien quiera defender bien, los árbitros son extremadamente tarjeteros. Casi cualquier falta al borde del área es sinónimo de tarjeta amarilla y si el jugador está en buena posición para rematar y se le comete falta, la expulsión está casi garantizada (no hablamos de jugadas de último hombre).
Tampoco se ha mejorado el control de los porteros. Mientras FIFA ya permite manejarlos, por ejemplo, en los lanzamientos de penalti, aquí siguen siendo controlados por la IA, que aunque no es mala del todo, resta realismo. Hemos podido notar que ahora realizan menos paradas y más despejes, lo que favorece marcar un gol de rechace. Siguen siendo dioses a los que no se les puede presionar en los saques. Tampoco responde todo lo bien que se querría a lo ahora de sacar rápido. Por lo menos, ahora se nos permitirá lanzar una falta velozmente para coger al rival despistado. La física del balón, aunque la contraportada diga que es totalmente realista, sigue sin convencer. Continúa pareciendo que la pelota está cosida al pie del futbolista.
En definitiva, se nota una cierta dejadez que empieza a ser alarmante. Después de varias entregas en la nueva generación, la excusa de que se están habituando aún a las nuevas máquinas ya no es válida. El margen de confianza se ha acabado, y más aún teniendo en cuenta que estamos hablando de la misma gente que ha sido capaz de crear la mejor saga futbolística de la historia. Parece que la jugabilidad no sólo no ha mejorado un ápice desde PES 5, sino que en algunos aspectos que hemos ido comentando ha empeorado.