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Mezclando fútbol con vaqueros en el espacio.
Como se ha comentado, el título incluye más de 50 minijuegos. Estos se juegan colocando la NintendoDS en vertical, a lo Brain Trainning; en la pantalla táctil no veremos absolutamente nada y solo servirá para marcar el ritmo, mientras que en la otra pantalla observaremos el minijuego. A veces, la información puramente visual del minijuego puede desorientarnos, y los propios desarrolladores juegan con eso ocultándonos a veces esa información para que confiemos exclusivamente en nuestro oído. Lo mejor es que funciona, y más de un minijuego podremos pasarlo con los ojos cerrados (y no precisamente por su sencillez).
Los minijuegos se dividen en grupos de cinco: los cuatro primeros son minijuegos “normales” (si es que tal adjetivo puede aplicarse a Rhythm Paradise), y el quinto hace de remix en el que se mezclan elementos de los cuatro anteriores. Esa mecánica de remixes es similar a la seguida en la serie Wario Ware, y es que el estudio encargado del título, el reputado R&D1, es el mismo que dio lugar a la conocida saga de microjuegos. Sabiendo esto, el estilo predominante de los minijuegos se intuye con facilidad: originales, delirantes en su mayoría, divertidos y un derroche de originalidad espectacular. Nos encontraremos desde estatuas moais cantantes hasta un nutrido grupo de monos fanáticos de una idol japonesa.
Ningún minijuego tiene sentido. Ni falta que le hace.
En cada uno de estos niveles la mecánica varia ligeramente, pero en ningún caso los controles van más allá de golpear rítmicamente o utilizar el mencionado deslizamiento. A pesar de ello, cada uno es un mundo completamente diferente que nos costará dominar, lo que nos lleva al otro punto destacado del juego: su dificultad. Pasarnos todos los niveles nos hará sudar, conseguir las medallas de oro (pasarnos los minijuegos con pocos fallos) nos hará sacar la vara de maldecir, pero conseguir perfectos... ay, amigos, conseguir los perfectos es tan desquiciante como adictivo: estos aparecerán aleatoriamente en un nivel en el que tengamos medalla de oro, y nos darán tres oportunidades de pasárnoslo sin un solo error. Al más mínimo fallo todo se va al traste, y eso se nota: las manos empiezan a sudar, el fallo se intuye cercano, tu madre te llama para comer... la presión hecha juego.
Conseguir medallas de oro desbloquea juegos musicales que no tienen mayor interés que intentar batir nuestras puntuaciones en algunos juegos musicales de duración infinita (al igual que ocurría con algunos del Wario Ware). Por su parte, obtener perfectos sólo desbloquea ciertas curiosidades de los juegos (textos, canciones, etc.). Poco premio para el sudor que nos costará, pero no hay mayor recompensa que la satisfacción personal (o eso dicen).
En cualquier caso, la dificultad está muy ajustada y la curva de aprendizaje es de libro. Esto no significa que no vayamos a sufrir hasta desbloquear ciertas pantallas, pero la perseverancia da sus frutos y con poco que practiquemos nos veremos recompensados en forma de medallas de oro. Esto, por supuesto, no sirve para los perfectos, con los que los cabezazos contra la pared están asegurados. De todas formas, los más arrítmicos no deben preocuparse: el juego permite saltarse ese nivel que se te resiste desde hace días. Hay quien diría que eso es de cobardes, que William Wallace no pidió clemencia, etc., pero dado el amplio público al que Nintendo viene dirigiéndose desde hace tiempo, este añadido nunca estará de más.
PÁSALO >>
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