Mi diario
Javier García.
23 de octubre de 1904
Querido diario:
Hace ya casi siete años que no cojo pluma y papel para escribir. A los once años, cuando abandoné el colegio y me colé en el ejército. Aquellos recuerdos jamás se borrarán de mi memoria. Todavía me acuerdo del colegio San Eufrasio, en Ourense. Para 1898 mi padre murió por un derrumbamiento en la mina, y mi madre falleció en circunstancias desconocidas. Encontraron su cadáver a las afueras del pueblo, destrozado. Posiblemente se la comieron los lobos. Una semana después, mi hermano pequeño fue adoptado por una familia vecina. Yo me quedé solo y huérfano, algo mal visto por la gente, a si que tras dos días de mendigar por las calles, cogí un par de manzanas y me fui del pueblo.
Pasé semanas de peregrinaje hasta que llegué a Pontevedra, sucio, hambriento y sediento. En un acto de desesperación conseguí colarme en un barco del ejército, con destino a la guerra de Cuba. Allí tenían comida y bebida. Afortunadamente me escondí dentro de una caja llena de ropa militar y me embarcaron sin enterarse. Durante el viaje me alimenté de lo que encontraba en las cajas. Aquello fue el peor momento de mi vida. Varias semanas encerrado en un oscuro almacén de barco.
El día en que desembarcamos, un militar me descubrió e intentó protegerme, pero tuve que coger las armas para defenderme. Aquella isla estaba en guerra. Pasé desde junio hasta casi el fin de la guerra en el campamento militar donde desembarcó la tripulación del barco. Mientras no molestara y cogiera las armas, podía quedarme. También es cierto que no fui precisamente un buen soldado. Pasaba los días en el campamento sin hacer nada, y de vez en cuando tuve que ir a defender líneas. La puntería se me daba bien, a si que tampoco vine mal.
Pero dos días antes de que el bando enemigo ganara la guerra, nuestro campamento fue asediado por los estadounidenses. La mayoría de mis "compañeros" perecieron en defensa de la base, pero yo cogí un rifle, munición, y hui. toda la zona estaba cubierta de militares estadounidenses, pero milagrosamente encontré mi salvación: un bote de españoles y cubanos que estaba a punto de partir. Me dejaron unirme a ellos y nos adentramos en el mar. En el bote íbamos catorce personas: ocho cubanos, cinco militares españoles y yo. Uno de los militares pertenecía al grupo con el que estuve yo. Navegamos alrededor de una semana perdidos por el mar, sin saber siquiera si llegaríamos a algún sitio. Murieron cinco de nosotros, que posteriormente nos sirvieron de alimento. El bote llevaba dos garrafas de cinco litros de agua y cuatro pescados. A mí me cedieron la mayor parte de comida cuando tocaba reparto. Aun así, todos pasamos hambre.
El día 30 de agosto llegamos a la costa de Florida. El bote no hubiera aguantado mucho más, a si que tuvimos suerte. Solo quedábamos cinco de los catorce. Un cubano, tres militares (entre ellos mi compañero de campamento) y yo. Sé la fecha porque un lugareño nos encontró y, gracias a los conocimientos de inglés del cubano, le contamos lo sucedido. El hombre era una persona sencilla y agradable. Tenía una granja cerca de Homestead y nos acogió hospitalariamente en su casa hasta que nos dio la dirección de un centro de caridad de las monjas en Miami. Allí podríamos pasar un tiempo y recuperarnos, hasta buscar algo de lo que vivir.
Las monjas nos recibieron con los brazos abiertos. Allí aprendí inglés y a hacer varios tipos de dulces. Yo, junto con el cubano, que se llamaba Agustín, trabajábamos el huerto del centro. Además, a los pocos días de llegar nosotros se incorporó un francés al que la vida le había tratado muy mal, y me enseñó un poco de su idioma.
Pasamos mes y medio en el centro con las monjas, hasta que nos recuperamos del todo y nos consideramos capaces de buscarnos la vida de alguna forma. Yo dependía totalmente de Julio, mi antiguo compañero del campamento militar. No me separaba de él para no ganarme problemas, ya que los cinco estábamos indocumentados. No existíamos para el mundo. Preferíamos no separanos para asegurarnos la mayor estabilidad posible. Pero aquella unión no duró mucho tiempo. Uno de los militares, Andrés, se echó a una novia de Miami, que le sacó de la pobreza. Otro de los militares, César, se suicidó con su arma.
Quedábamos Agustín, Julio y yo, Javier. No sabíamos qué hacer, solos en Miami, sin documentación.
Agustín, cuya ascendencia materna procedía de Estados Unidos, recordó que tenía familia materna en un pueblo en Carolina del Sur. Y la familia de su madre era poderosa, con lo cual podríamos tener una vida mejor allí. Su madre viajó a Cuba un verano en vacaciones, pero una banda la secuestró y asesinó cuando Agustín tenía quince años, a si que se tuvo que quedar a vivir en Cuba con su padre, también cubano. Su padre murió de un infarto hace siete años.
El viaje hasta Lamar fue duro. Recorrimos largos kilómetros cada día, y con un poco de suerte algún alma caritativa nos acogía en su casa durante una noche. De hecho, el viejo Agustín no estaba para muchos trotes, con lo cual el ritmo se fue reduciendo. Llegamos a Lamar el 15 de febrero de 1899. Pero la suerte no iba a nuestro favor: la familia de Agustín había emigrado de Lamar hace once años porque su empresa granjera quebró. Pasaron de ser los más ricos del pueblo a tener que irse de allí por pobres. Una antigua amiga de la familia tenía entendido que se dirigieron a Richmond, en Virginia, a si que su estancia en Lamar fue corta.
Agustín, Julio y yo continuamos nuestro periplo, esta vez hacia Richmond, en busca de una vida mejor donde asentarnos, evitar problemas y no tener que viajar constantemente en busca de un hogar. Esta vez el camino fue más duradero, aunque más corto de longitud. Agustín estaba cansado, su cuerpo no aguantaba demasiado, a si que el 2 de octubre de 1904 arribamos en Richmond, donde encontramos a la familia de Agustín. Desgraciadamente, el pobre hombre, cansado de tanta andadura, con el cuerpo muy debilitado, murió hace una semana. Aquí nos acogió su familia, que actualmente viven de un restaurante que tienen en el centro de la ciudad, del cual compraron el local cuando llegaron de Lamar. No son muy ricos pero tampoco muy pobres. Y desde que llegamos, Julio y yo trabajamos con ellos en el restaurante. Gracias a este pequeño asentamiento que hemos hecho, he podido comprar este diario, esta pluma y un botecito de tinta para escribir todo lo que he pasado a lo largo de mi vida. Ahora me siento mucho mejor.
13 de mayo de 1913
Hace tiempo que no escribo en mi diario, pero hoy lo volveré a hacer. Desde que Julio y yo nos asentamos en Richmond con la familia de Agustín (descanse en paz) nos hicimos con el dinero suficiente como para alquilar una pequeña casa en la periferia de la ciudad. Conseguimos una vida más o menos estable, con el problema de estar indocumentados. Un tío de Agustín, John, nos propuso a Julio y a mí irnos a Nueva York, la ciudad de los sueños, para iniciar un nuevo negocio. Era una época en la que nos iba bien, no teníamos nada que perder. A si que aceptamos. Alquilamos nuestra casa en Richmond a una familia irlandesa y nos dirigimos a Nueva York. Allí cumplimos nuestro propio sueño americano: compramos un ático en Manhattan e inauguramos un bar-restaurante en pleno centro. La vida nos sonreía: un negocio próspero, un ático en el centro de Nueva York... teníamos lo que queríamos: estabilidad. Incluso vendimos la casa de Richmond a la familia irlandesa. Pero un golpe de mala suerte lo torció todo. Un día vino una inspección de negocio a la peluquería, y como Julio y yo no tenemos documentación, nos detuvieron. John consiguió pagar un buen abogado que defendió nuestra causa, pero perdimos el piso de Nueva York y nos echaron del negocio. John se volvió muy suyo y no quería problemas con la justicia, a si que nos echó de su vida. Incluso nos echaron del estado de Nueva York, tirándonos como perros en el límite fronterizo con Connecticut. Ahora escribo esto en la casa de una familia que nos ha acogido esta noche en Providence, Rhode Island. Julio y yo seguramente vayamos a Arkham, una ciudad conocida por su prosperidad, situada en Maine. Cuando estábamos en Nueva York leímos varias veces sobre el aumento de la riqueza en Arkham, y en Providence también es una ciudad conocida. Arkham está poblada de colonos, a si que allí intentaremos documentarnos y hacer una vida de verdad. Mi juventud está prácticamente echada a perder. Lo único destacable es que me he recorrido casi toda la costa este de Estados Unidos. Aunque los motivos le quitan la gracia.
8 de enero de 1924
Hacía tiempo que no encontraba mi diario. Este librito en blanco escrito a medias por mí me ha acompañado desde Richmond hasta aquí, Arkham, en Maine. La verdad es que las cosas nos están yendo tal y como esperábamos. Ni mejor ni peor. Desde la última vez que escribí aquí en Providence, Rhode Island, hemos tenido menos sobresaltos que de costumbre. El viaje hasta Arkham fue tranquilo, llegamos aquí en 1915 y nos asentamos con tranquilidad. Informamos a las autoridades de nuestra situación, y fueron comprensivos con nosotros. Ahora tenemos nacionalidad estadounidense y estamos sin problemas. Al principio convivimos con una familia acomodada que nos acogió en su casa hasta que, conseguimos un trabajo y un dinero suficiente como para adquirir nuestra propia casa. Julio consiguió trabajo como camarero en un bar del centro, y yo como periodista de un periódico local. Compramos un piso a media distancia entre el destartalado casco antiguo y la parte más moderna, y llevamos viviendo aquí así, sin problemas, desde entonces. La vida nos va bien, espero que no nos surja ningún problema más como hasta ahora estamos acostumbrados. Ahora tengo 37 años, y si miro a mi pasado he tenido una vida muy intensa. Se me dan bien las armas, hablo inglés, español y francés, y tengo una gran capacidad para ganarme problemas, pero a la vez para sobrevivir. En Arkham parece que hay bastante gente interesada por el ocultismo y cosas de esas paranormales. Yo estoy estudiando cosas de esas últimamente, han conseguido atraer mi interés. Espero que no sea por la inminente salida de la cárcel de un viejo loco que lleva ahí casi toda la vida por haber asesinado brutalmente a mucha gente. No sé, es algo raro, el ambiente no termina de ser del todo agradable. Aunque yo estoy bien, mirando la ciudad aquí desde mi ventana, escribiendo en este diario en el que solo hay tres días escritos de diferentes años.
Y como este diario estará mucho más completo con una imagen mía, aquí pego una foto que me hice hace poco. Para ser la primera que me hago en mi vida, creo que ha quedado bastante bien.
