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Age of Conan: Hyborian Adventures
Jugamos a la closed beta
Los dos aventureros
No les vieron acercarse.
Llevaban varios días y varias noches caminando sin parar, cabalgando a lomos de sus fieles caballos por los desfiladeros de las montañas heladas de Estigia, la cordillera natural que separa esta oscura nación norteña de los cálidos prados de Aquilonia. El cansancio había disminuido su estado de alerta lo suficiente como para no percibir a cuatro asesinos sumerios que llevaban siguiéndoles desde centenares de metros atrás, escondidos en las dunas de nieve de ambos lados del camino.
De repente estaban rodeados. Hazzlu se dio cuenta de que estaban demasiado cerca como para conseguir espacio para tensar la cuerda de su arco, pero demasiado lejos para poder alcanzarles con sus dagas, así que espoleó su caballo y trató de derribar a uno de ellos con una carga frontal de su montura.
Zealot consiguió describir un arco certero con su Alabarda hacia el cuello de uno de ellos, pero la reducida distancia le impidió imprimir fuerza suficiente como para conseguir una rebanación completa, así que el asesino cayó al suelo con la hoja del arma áun clavada en la yugular.
El guerrero ganó un poco de espacio con una coz que obligó al asesino colocado a su espalda a tener que rodar por el suelo hasta tenerlos de cara.
Ya los tenía donde quería, había conseguido interponerse entre los tres asaltantes y su inseparable compañera. A medida que saltaba desde su montura abalanzándose sobre ellos, ya tenía una táctica en la cabeza.
No es fácil aguantar sin perder el equilibrio que un humano de 80 kilos de peso y que porta otros 20 kilos de armadura de placas se lance encima de ti, así que los tres encapuchados aún vivos se vieron obligados a retroceder unos metros más.
Zealot sacó su escudo, metro y medio de altura, y con mirada desafiante les animó a empezar a estrellar sus mortíferos golpes contra su metálica defensa.
Hazzlu comprendió lo que trataba de hacer su compañero. Zealot no era lo suficientemente rápido como para matarlos, pero ellos no serían capaces de infligirle daño alguno mientras mantuviera esa posición defensiva, sin dejar al descubierto ningún punto débil. Sin embargo, ahora Hazzlu tenía una posición de tiro óptima desde los lomos de su caballo.
Sacó su arco y estudió unos segundos los movimientos de los salteadores. Dos de ellos desprotegían claramente su flanco derecho cada vez que intentaban asestar un golpe a su amigo guardián. Tensó la cuerda con velocidad élfica. Una flecha silbó y el sonido retumbó por todo el valle montañoso cuando el cuerpo inerte de uno de los tres asesinos golpeó contra el suelo. Uno menos.
Aprovechando el desconcierto, Zealot golpeó con el escudo a uno de los dos rogues restantes, empujándole hacia la ladera de la montaña. Éste perdió el equilibrio y rodó ladera abajo... hasta que sus gritos se perdieron en el viento.
La impaciencia, como siempre, había traicionado al guerrero, que había dejado al descubierto su flanco derecho, ahora vulnerable a la mortífera daga envenenada del asesino. La hoja del arma malvada estaba a punto de penetrar en su parrilla costal cuando una flecha de punta dentada penetró en el antebrazo del asaltante, justo a tiempo para desviar la puñalada y que ésta golpeara, inocente, sobre las placas laterales del pecho de la armadura de su compañero.
Hazzlu había tenido que recurrir a su ballesta corta, que siempre lleva cargada en la cara lateral del muslo, pero aún así había conseguido un tiro certero, como siempre hacía.
Parece que sobrevivirían un día más. Estaban ya a sólo dos noches de Las Cámaras de Ónice, donde los adoradores de la serpiente habían recobrado fuerza e invocado a las más poderas criaturas.
Morirán, pensó Zealot, o sufrirán al menos intentando matarnos.
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