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Blue Byte Software pretende contentar a sus enfurecidos fans con una séptima entrega que abandona la simplicidad de sus últimas predecesoras.
Por Daniel Cáceres Garriga
| Publicado el día 12/03/2010 10:09
Los fans del subgénero estratégico de la creación y mantenimiento de ciudades son como los habitantes de estos reinos virtuales: por más que se esfuercen las desarrolladoras en saciar sus necesidades, ellos nunca estarán completamente satisfechos. En muchas ocasiones, su descontento está más que justificado, véase el caso de la serie The Settlers, cuyos últimos títulos se han desmarcado tanto de la esencia original que su público se ha autoconvencido de que la franquicia terminó con la cuarta entrega. No obstante, el nuevo proyecto de Blue Byte Software (la séptima parte para los herejes) promete un incremente drástico de su población gracias a un oportuno regreso a sus raíces jugables y al asesoramiento de Bruce Shelley, cofundador de la extinta Ensemble Studios y creador de una saga prácticamente desconocida que iba sobre una "era de los imperios" o algo así.
Las malas noticias primero: el estilo exageradamente cartón de las "entregas prohibidas" ha encontrado un hueco idóneo entre el estilo visual de los largometrajes de Dreamworks y el encanto irresistible de Team Fortresss 2. La primera palabra que pensarán algunos al contemplar las imágenes promocionales será la de "cebo", y seguramente la segunda sea "simplificación", pero aun así su consolidación no significa que la serie siga anclada en una sencillez anodina, pues la economía ha venido al rescate.
Muchos pensarán que la evolución de un reino tiene su razón de ser en una sabía gestión de sus recursos, o quizás en su plantel armamentístico. ¡Oh, cuán errados se hallan dichas mercedes! La clave de todo es la cerveza, evidentemente. El nuevo sistema económico (muchísimo más complejo y divertido que el anterior) está íntimamente relacionado con una de las novedades estratégicas del título: la investigación. Ésta corre a cargo de los monjes, cultísimas eminencias que no cesarán de hilvanar nuevas tecnologías gracias al apoyo de los libros... Siempre y cuando su dueño y señor no escatime en "inspiradora" bebida alcohólica, claro está.
Paths of a Kingdom transcurre durante la época de los descubrimientos; su modo “Campaña” pone al jugador en la (suave) piel de la princesa Zoe, enviada por su padre, el rey de la ficticia Tandria, a una colonia recién instaurada y con fervientes ganas de ponerle las cosas difíciles al primer monarca que se deje caer por ahí. Como no podría ser de otra forma, esta historia dividida en misiones predefinidas hace las veces de tutorial encubierto para preparar a los recién llegados (o a aquellos que renegaron las anteriores entregas) antes de que se embarquen en el multijugador.
Tanto las escaramuzas individuales como el multijugador son mucho más flexibles que la campaña en múltiples aspectos. Por ejemplo, un editor de mapas permitirá crear la contienda perfecta para los contrincantes, desde el número o tipo de recursos disponibles hasta el polimorfismo de los objetivos. Lo que empieza siendo una metódica conquista de territorios puede acabar en un vertiginoso concurso para averiguar quién aguantará más en el último enclave para asegurar su control. Las variables para cada batalla son fáciles de controlar, y el producto resultante puede catarse inmediatamente, sin necesidad de guardarlo.
Asimismo, los estrategas tendrán tres caminos alternativos para llegar a la victoria: los belicosos engrandecerán su ejército y saldrán a practicar la coerción gratuita en otros lares; los metódicos se pasarán el día emborrachando a los monjes para conseguir mejoras tecnológicas; y los que añoraban la economía de los primeros títulos gozarán con su esperada resurrección. No obstante, estas vías no son compartimentos estancos y la multidisciplinaridad resultará una opción tan atrayente como compleja. Ahora sólo queda averiguar si los consejos de Shelley, el alto grado de personalización de las escaramuzas y la complejidad estrategia lograrán contentar a los fans del subgénero. Al menos, si todo falla, siempre se puede recurrir a la barra libre.