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Grand Theft Auto: San Andreas

PC



Análisis

Los afroamericanos malotes

Bandidos con uzis, un mapa con una extensión increible, motos y muchas explosiones. ¿Alguien da más?

Por Hansel | Publicado el día 18/09/2005 22:02

La libertad es un estado que la humanidad lleva milenios persiguiendo pero que posiblemente jamás encontrará. ¿Qué es la libertad? Según la RAE, la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. ¿Pero hasta qué punto puede el hombre obrar o no hacerlo, a su elección, teniendo infinitos límites a su alrededor? ¿Somos realmente libres o es este mundo una prisión dentro de otra aún mayor llamada universo? ¿Llegaremos algún día a alcanzar el objetivo, llegaremos a conocer todas las respuestas?

San Andreas se ha vendido como sinónimo de libertad. Libertad virtual, obviamente. Una enorme extensión de terreno a nuestra disposición, centenares de personajes, lugares, vehículos y efectos metereológicos de toda índole sumergidos en un mundo que exhala entusiasmo y tremenda atención por cada detalle. ¿Y de qué ha servido? ¿Acaso se han perdido los límites? Mucha gente dirá que no (sobre todo algún fanboy de Zelda), cuando la realidad es que no era necesario. ¿Para qué demonios quiero entrar en mil edificios si la tecnología actual todavía no ha posibilitado la creación de una inteligencia artificial que dé sentido a acciones de ese estilo? Es cuanto menos curioso que la gran mayoría que predica a los cuatro vientos que la innovación es lo que salvará a la industria de su cada vez más oscura crisis de ideas y casualismo sea la misma incapaz de avanzar un paso hacia el futuro, de avanzar un paso hacia la evolución: una evolución que pide a gritos un concepto, un concepto que San Andreas y las dos anteriores entregas explotaron como nunca antes nadie había hecho; un concepto que busca aquello que la humanidad lleva milenios persiguiendo, un concepto que nació para reinar y reinó para avanzar.

Pero dejemos a un lado el tema de la libertad para centrarnos en una simple pero eficaz pregunta: ¿Quién leches es Claude Speed? Gallifante al que lo acierte. GTA III nunca destacó por su historia. Si hacemos memoria, seguro que alguno recordará a una japonesa con una katana en lo alto de un edificio en construcción y a un tiparraco mafioso la mar de feo que tenía una casa al borde de un acantilado, pero no es suficiente. En Vice City se intentó conseguir personajes más carismáticos, un argumento y sobre todo un guión más memorable, pero seamos sinceros, ¿alguien recuerda algo a parte de aquella canción sobre las lentejas y la vida?

Por suerte, San Andreas viene con un pan debajo del brazo en forma de buen guión. Y gracias a Dios, porque la historia es más simple que el mecanismo de un chupete (llena de estúpidos e inverosímiles giros, eso sí) y parece haber sido gestada en la mente de alguien bajo los efectos de la absenta. Sin embargo, las frases que salen de la boca de cada uno de los personajes que conocemos a lo largo de la aventura consiguen una complicidad que sólo los grandes juegos tienen. Lo consigue sin tener que acudir a los tacos, ni a la violencia, ni al sexo, ni... bueno, sí, lo hace exactamente recurriendo a la violencia, al sexo y los tacos, pero lo hace porque es inevitable... Quizás sí fuera evitable, pero... en fin, dejémoslo en que a nadie normal le importa. Y es que a nadie (repetimos) normal le puede importar. Porque una vez llegamos a nuestra casa y vemos nuestro antiguo barrio, hablamos con nuestra antigua pandilla y observamos con detalle todo lo que nos rodea nos damos cuenta de que lo que estamos viendo es una realidad alternativa. Es una sensación extraña. Por momentos se llega a creer que realmente todo aquello existe, que es verosímil. Por suerte estamos lo suficientemente cuerdos como para saber que realmente no es así, porque somos normales (a veces me gustaría que me leyera algún yanqui puritano).

Para próximas entregas espero que se pueda usar el bate de béisbol desde la moto.

Ir en caza es complicado al principio, pero una vez te haces no lo sueltas.

Subir a ese edificio y tirarse en paracaidas no tiene precio.

Tres hombres de color pasean con el coche de su abuelita.
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