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Worms: Open Warfare
El kamikaze de Team17
A mediados de los 90 el pequeño estudio Team17 saltó a la fama con Worms, un título protagonizado por cachondos gusanos donde el objetivo era exterminar sobre escenarios 2D y por turnos al resto de equipos, utilizando para ello todo tipo de armas y perrerías. El juego se hizo especialmente famoso con su versión para compatibles, donde poco después recibiría varias secuelas, con sustanciales mejoras y un cada vez más divertido modo multijugador. Varias consolas de 16 y 32 bits, entre otras, tuvieran también sus conversiones, más o menos desafortunadas, y pocos años después, tras el paso de la fiebre Worms inicial, los chicos de Team17 tomaron la muy discutida decisión de pasar la serie a las 3D. El resultado fue cuanto menos controvertido, aunque desde la compañía no han cesado en su empeño de que tridimensionalmente los anélidos más conocidos de los videojuegos también pueden dar la talla. Con la serie algo quemada y un futuro bastante incierto tras tantas entregas, las portátiles de última generación reciben su primera dosis de gusanos, con versiones exclusivamente diseñadas para ellas. En la crítica que nos ocupa despacharemos a lo largo de las siguientes líneas a Worms: Open Warfare para Nintendo DS, que al contrario que la versión para PSP no ha sido desarrollada por Team17, si no por un pequeño estudio satélite llamado Gamesauce. ¿Te vienes a dar unos "bazookazos"?
El retorno de las 2D
La mecánica de Open Warfare es fiel a los clásicos Worms. Por rigurosos turnos y con un tiempo limitado, cada jugador (ya sea humano o controlado por la CPU), tiene la oportunidad de controlar a uno de los gusanos de su equipo, pudiendo moverse y atacar como mejor crea conveniente. El utilizar un arma o muchas de las utilidades da por finalizado el turno, y además la munición está limitada por defecto, razón por la que es muy importante pensar bien los movimientos que se van a realizar. La estrategia toma así un papel primordial en el desarrollo de las partidas, junto con la habilidad del jugador para disparar con acierto y advertir cuales son los mejores refugios para evitar los posteriores ataques de los contrincantes. Los anélidos son además sensibles a las grandes caídas y al agua que rodea todo el escenario bidimensional, por lo que siempre hay que tener mucho cuidado con las alturas, así como al viento, que según su velocidad y sentido puede variar ostensiblemente la trayectoria de nuestros proyectiles.
Las armas disponibles para alcanzar la anhelada victoria incluyen clásicos como el bazooka, granadas, granadas de dispersión, una recortada, pistolas, dinamita, un bate de beísbol, ataques aéreos, misiles dirigidos o una potente ametralladora. Además, también podemos taladrar el suelo, poner vigas o usar un jetpack, entre otros útiles objetos que tienen como función protegernos o permitirnos desplazar por el escenario con mayor facilidad. El problema en Open Warfare es que las novedades brillan por su total ausencia, y lo que es mucho peor, faltan muchos de los ataques clásicos de entregas anteriores como Worms World Party. Este tipo de carencias son por desgracia la tónica de todos los apartados, fruto sin duda de las enormes prisas que tenían los compañías implicadas por lanzar el juego cuanto antes.
Los escenarios juegan también un papel muy importante en un buen Worms. Para esta ocasión nos encontramos con la ya tradicional generación aleatoria de terrenos de guerra, que aunque lenta suele dar buenos resultados, pudiendo siempre elegir entre jugar en el generado o probar con otro distinto. No hay escenarios predeterminados, pero sí un pequeño elenco de ambientaciones, que poco influyen en las partidas, siendo en todo caso un buen toque estético.
Otras variables que podemos modificar a nuestro antojo incluyen el nombre de los equipos y sus integrantes, la disponibilidad de cada arma, el tiempo de duración de cada turno o el número de rondas necesarias para vencer una partida completa. Estas opciones son comunes a todas las entregas, pero de nuevo en Nintendo DS nos encontramos con que la serie da un enorme paso atrás en cuanto a posibilidades, limitando mucho la elección del usuario. Se acabó aquello de personalizar todos los detalles de cada batalla, una lástima, las partidas son al final demasiado similares entre sí.
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