Feliz cumpleaños Flight Simulator. Diez velas en la tarta. Diez juegos en tu haber. Una X en tu título. ¿Esto es todo? Ni mucho menos. La décima entrega del simulador aéreo de Microsoft aporta grandes novedades a la saga y pule la mayoría de los defectos de sus entregas anteriores. Aunque el precio que hay que pagar es muy alto... tanto como los requerimientos del sistema.
¿Por donde empezar un análisis de un viejo conocido como Flight Simulator? Pues por los apartados técnicos, ya que es en este punto en donde la saga se renueva y alcanza niveles no vistos (ni oídos) hasta el momento.
Gráficamente el juego es soberbio. Las texturas y efectos de luz implementados en el título destacan por su excelente calidad. De hecho, volando a 1.000 o 1.200 pies, el fotorrealismo alcanzado hace disfrutar de paisajes que se aproximan mucho a la realidad. Lejos quedan los primeros títulos de la saga con paisajes en dos dimensiones, simples bitmaps planos y pixelados. Las 3D ya habían llegado en entregas anteriores, pero no con la fuerza con la que golpean ahora.
Por ejemplo, aumentan las variedades de terrenos que sobrevolamos, desde zonas de arbolado a labranza, ciudades, páramos, llanuras de verde hierba, desiertos, parajes helados o campos de trigo o maíz. Así pues sobrevolar una ruta a baja altitud nos permite deleitarnos con los diferentes tipos de terrenos. Pero es más, si nos fijamos mínimamente vemos la mano del hombre en dichos paisajes, ya que las carreteras, autopistas y líneas de ferrocarril surcan la faz de estos. Y si nos arriesgamos y volamos lo suficientemente bajo, descubrimos como coches, camiones y trenes los recorren... e incluso animales correteando por la sabana africana.
Esto le confiere una nueva dimensión en cuanto a realismo al juego, ya que lo dota de vida propia. Pero es más, cuando hagamos rutas interoceánicas, también podremos observar como los barcos navegan por el mar por alguna de las 150 rutas marítimas del juego. Y se cuenta que incluso es posible divisar ballenas, aunque quien escribe este análisis no ha podido comprobarlo en persona a pesar de las numerosas horas de vuelo sobre los océanos de medio mundo.
A esto hay que sumarle árboles y vegetación diversa (y muy variada), así como edificaciones que responden perfectamente a las de la zona, como las típicas granjas de Estados Unidos, los rascacielos de sus metrópolis, las mega urbes asiáticas o las cálidas ciudades europeas. Aunque tampoco hay que esperar una verosimilitud exacta ni una disposición realizada con Google Earth, sí que engañan perfectamente, habida cuenta de que la mayoría de los terrenos que sobrevolemos están creados aleatoriamente.